Por Carlos Heller *
A partir de la publicación del índice de pobreza del Indec, se ha generado una discusión entre el Gobierno y la oposición sobre los niveles de pobreza de la sociedad argentina. Y creo que es una discusión errada, más allá de la necesidad de tener estadísticas confiables para medir la pobreza.
La discusión debe poner el acento en la
indignante concentración de la riqueza, que podríamos definirla como una
verdadera fábrica de pobres. En el primer semestre de 2009, punto más
fuerte de la crisis, las empresas que cotizan en la Bolsa de Buenos
Aires distribuyeron dividendos de nivel similar a los repartidos en
igual período del 2007, año de bonanza. Los dividendos de empresas
extranjeras enviados al exterior no dejan de crecer, los envíos más
importantes se produjeron en el cuarto trimestre de 2008 (U$S 1423
millones) y en el segundo de 2009 (U$S 1029 millones).
Por eso la única forma de erradicar la pobreza, porque ello es lo que
nos debe preocupar, es mejorando significativamente la distribución del
ingreso.
Se equivoca el Gobierno cuando se encierra en una discusión de índices y
critica a la oposición sintiendo que se carga contra las políticas
públicas queriendo aumentar el índice. Desvía la oposición la discusión
del tema central, que es la distribución del ingreso, cuando critica la
elevada cifra e intenta paliar la situación con acciones parciales como
el ingreso ciudadano. Este es un primer paso, rápido y eficiente, pero
tiene la característica de cargar toda la responsabilidad al Gobierno y
al erario. Como bien lo explicó la presidenta Cristina Fernández de
Kirchner, si se decidiera otorgar 135 pesos a todos los menores de 18
años, se necesitarían 6900 millones de pesos anuales adicionales a los
10.000 millones que ya se gastan. Pero si se decidiera otorgar 250
pesos, una cifra con mayor impacto para reducir la pobreza, estaríamos
en el orden de los 15.600 millones de pesos adicionales, más del doble
de lo que se gasta actualmente, y ello necesita recursos.
Sigo sosteniendo que el ingreso mínimo para todos los menores en
situación de pobreza es indispensable, pero es sólo una situación
transitoria. Para erradicar la pobreza, hay que reducir la injusta
concentración de la riqueza, con impuestos que graven con mayor
eficiencia e intensidad a las grandes ganancias.
Pero cómo vamos a eliminar la pobreza si la AEA sostiene no sólo el
derecho a la propiedad, sino además la intangibilidad de las ganancias.
Y esto es lo que se está discutiendo en el caso Terrabusi-Kraft, la
intangibilidad de la ganancia de una empresa norteamericana, a costa de
una notable racionalización y flexibilización de personal. Este sistema
implementado como norma habitual en las distintas ramas de la producción
es la verdadera fábrica de pobres.
Porque la más importante distribución del ingreso es la que surge entre
la porción del valor agregado que se dedica a salarios respecto de la
que se dedica a ganancias.
Después viene la política fiscal para corregir aquellas situaciones que
la distribución funcional no puede resolver, para aquellos que están
fuera del mercado de trabajo. Pero hoy tenemos una gran proporción de
pobres dentro de los trabajadores, una situación que era desconocida en
Argentina, hasta que se instaló con sangre y fuego la doctrina
neoliberal, intensificada luego en la década menemista, con la
desregulación del Estado y la flexibilización laboral, temas en los
cuales, si bien se mejoró algo, aún persiste lo esencial. La
flexibilización implica trabajo de mala calidad, mal remunerado, fácil
de despedir, y lleva a la familia directamente a caer en la pobreza.
América latina es el continente que posee la más injusta distribución de
la riqueza, y de ello son en gran parte responsables las políticas
fiscalistas del FMI que basaron la recaudación en impuestos como el IVA,
altamente inequitativos, reduciendo la progresiva tributación del
impuesto a las ganancias. En nuestro país, especialmente, hay una serie
de exenciones sobre la renta financiera que no existen en otros países.
Según el Presupuesto 2010, este año se dejarán de percibir 2940 millones
de pesos por la exención a los títulos públicos, 990 millones por
intereses de plazos fijos y obligaciones negociables, mientras que no
existe número para calcular la exención a las ganancias provenientes de
la compra-venta de acciones y títulos valores.
Para una mejor distribución del ingreso, se requiere una gran reforma
impositiva que instale una estructura tributaria altamente progresiva.
Este cambio es el que frenan los fabricantes de pobreza, porque
reduciría sus márgenes de beneficio, y sólo proponen combatir la pobreza
con ayudas sociales. Y cabe agregar, además, que cuando el Estado apela
a gravar rentas extraordinarias para sostener la ayuda social también
se oponen frontalmente. Los diarios del jueves mostraron que en una
actividad organizada por la Escuela de Posgrado Época, que preside el ex
ministro menemista Roberto Dromi, y las universidades del Salvador y
Carlos III, de Madrid, se criticó duramente al Gobierno por el tema de
la pobreza. El principal disertante fue el cardenal Jorge Bergoglio, y
entre los asistentes se encontraban el diputado Francisco de Narváez, la
senadora Chiche Duhalde, el ex ministro Roque Fernández y varios
empresarios de alta gama. Habría que preguntarles a muchos de los
presentes qué hicieron y opinaron ellos cuando se gestó el desastre de
los noventa, que endeudó al país por hasta el 113 por ciento del PIB, y
pagaba el 8 por ciento del PIB anual por intereses, cuando hoy se paga
cerca del 2; que generó una salida de divisas por cuenta corriente de
75.000 millones entre 1994 y 2001 y llevó a tasas de desocupación del
21,5 por ciento. Pareciera que la vieja y la nueva derecha intentan
retomar protagonismo con la agenda de la pobreza, aliándose con los
factores de poder económico, para volver al injusto modelo del
“derrame”. Y también cabría reflexionar que cuando estos protagonistas
centrales de la época del mayor desquicio económico argentino reclaman
seguridad jurídica se refieren a aquella misma que ellos proveyeron en
beneficio de los grandes grupos concentrados de la economía y que fue,
sin duda, el andamiaje generador de la pobreza por la cual hoy se rasgan
las vestiduras.
Sin una transformación profunda en el modelo de distribución de la
renta, reducir significativamente la pobreza será imposible. El discurso
que los poderosos hacen de la pobreza es un recurso cínico que
enmascara su principal responsabilidad y además confunde a la opinión
pública sobre la verdadera génesis de la pobreza y los auténticos
caminos para eliminarla. Y digo eliminarla, no sólo atenuarla con
paliativos caritativos o asistenciales. Como digo siempre, para mí el
único índice de pobreza tolerable es cero.
Como corolario y ante las declaraciones difundidas sostenidamente que la
pobreza es un escándalo, yo digo que la pobreza es una tragedia, y que
el verdadero escándalo es la perversa distribución de la riqueza.
* Diputado electo.
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